• Raul Rodriguez galindo

Más de un mes tratando con el COVID-19

Actualizado: abr 26


Hace ya mucho, más de un mes, que escribí un breve artículo acerca de lo que, en aquel momento, parecía una lejana infección. Aunque en dicho artículo ya planteaba la alta probabilidad de que nuestro país sufriera el coletazo de la enfermedad, confieso que, ni en mis más oscuros pensamientos, llegué a imaginar que España se convirtiera en uno de los focos más intensos de la epidemia a nivel mundial.Sin embargo, el tiempo me ha puesto a mí, y a muchos más, en nuestro lugar. Está claro que los hombres hacemos planes y la realidad se dedica a deshacerlos.


Después de repasar lo que escribí en su momento, y aunque la mayor parte de ello sigue completamente vigente, es cierto, que pequé de menospreciar el riesgo, a las pruebas me remito. Mi mayor error fue la confianza en las medidas y las capacidades de las autoridades sanitarias. Está claro que por desidia, desconocimiento o, esperemos que no, intereses políticos, las medidas instauradas desde el Ministerio de Sanidad, y otras autoridades nacionales e internacionales, han sido a todas luces insuficientes y sobre todo tardías.Y todo esto lo empiezo a procesar en este momento, después de un mes dedicándome a atender a los afectados por esta pandemia. Como consecuencia, me he decidido a escribir de nuevo sobre el tema, en esta ocasión para contar un poco mi experiencia durante estas semanas.


En primer lugar, os pongo en situación. Trabajo en el Hospital Comarcal de Medina del Campo, un centro pequeño que cuenta aproximadamente con unas 150 camas de hospitalización y atiende una población de unos 60.000 habitantes, más de 20.000 de la villa de Medina del Campo. Nuestro centro no cuenta con unidad de cuidados intensivos y carece de muchas especialidades médicas y quirúrgicas. El centro tiene como hospital de referencia al Clínico de Valladolid, en el que también he trabajado, de mayor complejidad y que cuenta con todos los servicios de un gran hospital. En lo referente a dotación de profesionales, nuestro hospital tiene una plantilla de nueve internistas, entre los que me encuentro, tres especialistas en cardiología y tres en digestivo. Además de anestesistas, cirujanos, ginecólogos, traumatólogos, médicos de urgencias, etc.


Cuando a mediados de marzo, se empezaba a ver que la situación en Madrid y otras zonas del país comenzaba a complicarse a pasos agigantados, nuestro centro empezó a plantearse la organización para enfrentarnos nosotros también al COVID-19. Evidentemente, por las características de nuestra área de influencia, sabíamos o creíamos, que la situación en nuestro hospital no alcanzaría la complejidad que sufrían nuestros colegas en grandes ciudades y focos masivos de contagio. Sin embargo, sabiendo que inevitablemente tendríamos pacientes, y siguiendo las indicaciones del Servicio de Salud de Castilla y León, se fueron tomando medidas. No vienen al caso los detalles. Para resumir, se preparó una planta para atender pacientes de COVID y se seleccionó a un grupo de profesionales para hacerse cargo de esos pacientes, se anularon consultas y cirugías y se preparó una zona en reanimación para atender a pacientes críticos, por si llegara el caso de que nuestras UCI´s de apoyo (Valladolid, Salamanca, Ávila, etc.) se colapsaran, y tuviéramos que manejar pacientes críticos en nuestro hospital. Los distintos servicios se plantearon sus planes de atención ya que la enfermedad abarca a múltiples especialidades: urgencias, medicina interna y anestesia son los más implicados, naturalmente, pero cualquier servicio tiene que plantear sus directrices.


Fueron días frenéticos y confusos, también emocionantes hasta cierto punto. La organización para enfrentarse a algo que no conoces es difícil. Mientras esperábamos los primeros casos, nos dedicábamos a ver quién y cómo se haría cargo de los pacientes, dónde ingresarían, dónde se les atendería, etc. Se desarrollaron planes que se cambiaban al día siguiente y, de nuevo, a los dos días, corrigiendo errores o mejorando circuitos. Desde la dirección y jefes de servicio hasta personal raso tratábamos de aportar nuestro granito de arena para engrasar la maquinaria.


Y al fin, llegaron los primeros pacientes.Primero sospechas que se fueron descartando hasta que, durante una guardia, (siempre ocurre durante una guardia) se confirmó el primer paciente. Ya estaba aquí, con varios días de retraso respecto a nuestro centro de referencia, pero, inexorablemente, empezaba la pandemia en Medina del Campo. Los pacientes fueron ingresando, yo fui de los elegidos para el tratamiento de estos pacientes junto con otros cuatro compañer@s y empezamos a tratar pacientes.


A medida que tomábamos decisiones, nos dábamos cuenta de la cantidad de detalles que hay que tener en cuenta, cosas aparentemente tan nimias como pensar el camino que los pacientes COVID seguirían desde la urgencia hasta la planta, que, evidentemente, tenía que ser distinto al de los pacientes no-COVID. Se plantearon dos áreas del hospital, una “sucia” o contaminada y otra “limpia” por la que, en teoría, no pasaría ningún paciente COVID. Sobre el papel todo es sencillo o, al menos, más sencillo que en la práctica. Nos encontramos, por ejemplo, con pacientes sospechosos de COVID pero sin confirmación y que, ya fuera por su situación clínica o por la situación de la urgencia, debían subir a la planta. ¿Dónde: a sucio o a limpio? Así que, finalmente, se creó otra área, denominada “semisucio”, donde tener a los pacientes sospechosos, pero no confirmados (tan malo sería meter un paciente infectado en la zona limpia como meter a un paciente limpio en la zona “sucia” y acabar provoncándole nosotros la infección). En fin, un montón de pequeños detalles de gran importancia y que solo se podían corregir con el proceso en marcha.


El manejo de estos pacientes ha ido variando mucho en estas últimas semanas, hemos utilizado distintos fármacos y técnicas tratando de seguir las sugerencias de aquellos compañeros que más experiencia tenían en el manejo de COVID (italianos, madrileños, catalanes, etc.) A los médicos nos gusta pensar que todo lo que hacemos lo hacemos basados en sólidos conocimientos teóricos y prácticos, así como con evidencias científicas incuestionables, pero, en esta ocasión, y en otras muchas también, pero de forma menos evidente, nuestra impresión era, y es, que tratábamos a los pacientes como podíamos, tomando decisiones porque creíamos que era lo que más probablemente pudiera ayudar a nuestros pacientes. Esa sensación es muy incómoda para muchos profesionales y pone a prueba nuestra capacidad para tomar decisiones y para aceptar los resultados de las mismas.


Con todo, y gracias a que nuestro centro ha sido, hasta la fecha, afortunado en tanto que no hemos llegado a estar saturados, creo, sinceramente, que hemos hecho las cosas bastante bien para los medios con los que contamos. Nuestro índice de complicaciones es similar o incluso menor al de otros hospitales, hemos trasladado sin mayores dificultades a los pacientes que precisaban asistencia de mayor complejidad, hemos tratado a los que no, dando un número considerable de altas hospitalarias, y hemos aliviado a los que, pese a nuestros esfuerzos, no han logrado superar la enfermedad. En líneas generales, mis compañeros y yo, estamos satisfechos con el trabajo realizado hasta la fecha.


En estos días que la presión asistencial está bajando (tenemos menos de la mitad de ingresados de los que llegamos a tener), empiezo a ser consciente de lo ocurrido en estas últimas semanas, del cansancio de haber doblado el número de guardias y de dedicarnos exclusivamente a los pacientes con coronavirus, de los “cabreos” con las informaciones falsas de un gobierno totalmente inútil (como otros muchos, por otra parte) a la hora manejar esta catástrofe, del número de muertos que sigue aumentando día a día aunque se haya “aplanado la curva”, de ver cómo el número de sanitarios infectados rompía por completo la media de otros países mientras el mismo gobierno, que no aportaba materiales de protección, se dedicaba a jalear unos aplausos que, aunque bienintencionados y de agradecer, no eran más que la palmadita en la espalda que se da al "pringadillo" de turno que mandas a hacer la tarea más fea, sabiendo que lo expones a un riesgo que no merece, etc.


Me cabrea especialmente tener compañeros infectados en sus casas, en los hospitales, en las UCI´s e, incluso, en los cementerios. Me indigna que algunos políticos escondan la cabeza y sean incapaces de asumir ni un ápice de responsabilidad y, sin embargo, los tengamos en televisión para soltar discursos vacíos y mentiras evidentes y me enfurece y me entristece ver cómo la enfermedad se lleva por delante a algunos de mis pacientes, afortunadamente los menos, y se mueren solos, sin tan si quiera el consuelo de un ser querido, tan solo con la mano enguantada de un sanitari@ para acompañarle en los últimos momentos de lucidez.


De los peores momentos de esta crisis para mí, ha sido el informar a una hija de que su madre se moría por culpa de la enfermedad y que ya no podíamos hacer más, y que su tío, hermano de la paciente, seguía exactamente el mismo camino. He pedido permiso para la sedación paliativa cientos de veces en mi carrera, pero jamás había pedido permiso a una misma persona para iniciar la sedación a dos de sus familiares y jamás había sostenido el teléfono para que una madre, que sabe que se muere, pueda tener unas últimas palabras con una hija, que sabe que su madre se muere, y que además tiene a su tío en la habitación de al lado en la misma situación.


Y es ahí, cuando las frías cifras de muertos, de repente, toman forma, porque es imposible evitar pensar en más de 20.000 historias como la de mis dos pacientes. Por eso, cada vez soporto menos las metáforas belicistas de nuestros políticos: esto no es una guerra, esto es una epidemia, es una enfermedad, y esas muertes podrían haberse, como mínimo, reducido si quienes toman decisiones lo hubieran hecho antes y mejor.


Pero, afortunadamente, no todo es negativo, también me he dado cuenta de lo afortunado que soy: ¿por qué?

-Por no haberme contagiado hasta el momento, viendo como colegas de otras áreas han caído y están en casa, ingresados o incluso muertos.

-Porque mi familia esté sana y haya sabido aguantar mis horarios y mi carácter estos días (Te quiero peque).

-Por vivir en un país donde pequeñas empresas y particulares donan lo que tienen para ayudar a sus sanitarios a enfrentarse a la enfermedad: monos impermeables, frontales plásticos, o, incluso, unas pastas o unos aperitivos, que no salvarán vidas, pero se agradecen mucho en las largas horas de trabajo.

-Por contar con compañeros que han sabido mantener la calma y el buen humor pese a todo lo ocurrido, ayudando los que podían ayudar, animándote los que no podían o no ha sido necesario que ayudaran.

-Por mi excelente formación, no sólo a nivel científico o profesional, sino también a nivel psicológico para mantenerme al pie del cañón y saber venir a trabajar con una sonrisa y buen humor pese a lo ocurrido.

-Por haber acertado al elegir esta profesión.


Y sin más, creo que basta por hoy, son muchas líneas las que me han salido, no tenía intención de alargarme tanto, pero a lo hecho pecho.


Un abrazo a todos, mucha suerte y estad tranquilos. En este país hay mucha gente velando por nosotros: policías, militares, enfermeras, médicos, auxiliares, celadores, transportistas y un largo etcétera y, por suerte, son todos estos ”currantes” los que nos van a sacar del agujero, no nuestra clase política, de la que cada día me siento más alejado y asqueado.

Dr. Rodriguez Galindo

Clinica Parquesol Salud

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Valladolid, España

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